El Día de Reyes es algo que muchos
de los que fuimos niños en Cuba, después del triunfo de la revolución, no
conocimos. Es una tradición católica que se celebra el 6 de enero, y durante mi
infancia esta religión no estaba muy bien vista. A sus fieles se les miraba con
recelo y consideraba una especie de sexta religiosa por sus costumbres de
rezar, adorar imágenes e ir a la iglesia los domingos arreglados como para una
boda.
En la actualidad creo que tampoco
se le da mucha importancia a este día. No porque se crea lo mismo de los
católicos sino, más que nada, porque es complicado adquirir un juguete para
regalar.
Vi las casas de algunos amigos de
la escuela llevar esta tradición pero fueron de los primeros que empezaron a
emigrar junto a sus padres cuando la cosa se fue poniendo cada vez peor en el
país. Y así de a poco dejaron de verse desde la calle las salas de sus casas
alumbradas en las noches por los arbolitos de navidad.
Mi madre -siempre creyente a su
manera- puso uno una vez, y recuerdo que lo engalanó con bolitas de cristal de
colores que guardó por años envueltas en papel periódico, como reliquia, dentro
de una caja de zapatos. Luego le puso todo el algodón que pudo conseguir por
encima para simular la nieve, el que luego le vi reusar en cosas de la casa y
para quitarse la pintura de las uñas.
Todo aquello me parecía extraño.
¿Nieve? ¿Qué era aquello? Algo insólito para un niño cubano acostumbrado a
estar siempre con chancletas y short con un calor de mil demonios.
En cuanto a los regalos no tengo
noción de haber visto una tienda con juguetes no normandos y con precios
asequibles, en Cuba, durante mi niñez. Solo hasta los trece años -edad en la
que al parecer el gobierno consideraba dejábamos de ser niños- podíamos soñar
con los tres juguetes que nos daban por la libreta de abastecimiento: el
"básico", que era el mejor y más caro al que podíamos aspirar, y por
el que había que esforzarse, hacer colas de días hasta entradas horas de la
noche para evitar colados, llevando una lista con los nombres numerados, la que
conservaba alguien de sumo respeto como el tesoro más preciado.
Costaba horas de insomnio y
aguantar ganas de ir al baño el estar cuidando el puesto en la cola. La
hacíamos en el Seccional (lugar donde se encontraban las oficinas centrales de
los CDR, la FMC y el PCC de la zona) que era donde cabían más personas bajo
techo y donde se “cantaba” la lista todas las noche, tachando el nombre de los
que no estaban presentes al momento del llamado. Un año habíamos logrado tener
un lugar privilegiado en la famosa lista y por eso mi madre pudo comprarme la
soñada bicicleta, la que amarraba con una cadena y un candado en una
columna del portal, en las tardes, después de montarla. Recuerdo, me duró tres
días, de allí me la robaron, sin poder saber nunca quién fue.
Estaba, además de ese juguete de
mejor calidad, otros dos: el "no básico", de menos categoría y precio
que el primero, y el "adicional" que llegaba a ser tan irrelevante o
insignificante como una pequeña pelota o un juego de yakis.
Pero yo sí tuve dos reyes magos: un
rey y una reina; que durante las situaciones económicas difíciles que desde
mediados de los sesenta -y hasta la actualidad, por desgracia- nos tocó vivir,
como magos, se las agenciaban para proveernos de todo lo necesario y poner de comer
en los platos.
Mi padre era chofer de rastra
refrigerada y su trabajo era ir de La Habana a las provincias orientales
llevando productos de la fábrica La pesquera, congelados o enlatados. Cuando
regresaba de su viaje de casi una semana, parqueaba frente a la casa su gran
camión con muchos pares de ruedas, que en nada se parece a Santa con sus renos,
y como rey mago portando un gran bolso lleno de regalos, se bajaba con una
amplia sonrisa para mostrarnos lo que traía. No lo hacíamos junto a un árbol colocado
en una esquina de la sala, engalanado con gangarrias de colores y luces que
parpadeaban, ¡no! Íbamos tras él curiosas hasta la mesa del comedor y veíamos
cómo sacaba de su morral y ponía sobre está los más diversos artículos; algo
que mi madre le hubiese encargado o alguna otra cosa especial para ella
entregándoselo con un beso en la boca, un vestido u otro obsequio para mi
hermana, mucha comida: frijoles, quesos, frutas, y el ñame (el preferido de la
cocinera de la casa para hacer frituras). Y al final -porque creo que
disfrutaba verme saltar como chiva loca diciendo ¡¿y yo?! repetidas veces- me
mostraba los zapatos que sabía me hacían falta y que me dejaban con la boca
abierta, y algún otro obsequió destinado para mí.
Éste hombre fue el rey mago de mi
infancia, viéndolo llegar varias veces al mes con su jolongo más o menos lleno
en dependencia de cómo le fuera resolviendo lo esencial para el hogar.
Y así también recuerdo a su
homóloga en la lucha, mi madre. Cocinando con lo que hubiera, haciendo chícharos
con cebollino, orégano y laurel extraídos de la huerta que ella misma cuidaba.
¿Qué no era agradable comer la misma legumbre con más frecuencia de lo
acostumbrado? ¡Cierto!, pero lo que no se podía negar era la pericia de ella
para llenar nuestros infantes e insaciables estómagos.
No me crié con esa tradición, lo
admito, y puedo contar con los dedos de una mano y me sobran dedos, las veces
que he armado de forma rimbombante un arbolito para adornar la sala en época
navideña.
En la actualidad suelo hacer algo
parecido antes, e incluso el mismo día, y es agarrar cualquier planta, la más
alta y frondosa que tenga en la casa, en maceta, por estos días y enrollarle
una guirnalda de luces para colocar en su base regalos para la familia, los que
entregamos como una forma de agradecerles por existir y estar siempre en los
momentos más difíciles e importantes.
El Día de Reyes es un día muy
importante para los católicos del mundo. No sé si aún en Cuba quede alguien que
le de la misma y singular importancia a este día del calendario; pero de lo que
sí estoy segura, es que en la isla los niños tienen cualquier día de los 365
que dura el año, a sus padres que -como reyes magos- hacen lo imposible por
brindarles lo esencial para sobrevivir y formarse.
Esos son los anónimos pero
verdaderos reyes magos. Los que dejaron en nosotros la tradición, contra toda
adversidad, de hacer lo posible siempre por educar, alimentar y amar a nuestros
hijos. Algo que fue pasándose de generación en generación y que representará
siempre el mejor regalo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario