viernes, 6 de enero de 2017

Día de reyes.

                                                                       Día de reyes.
                                       


El Día de Reyes es algo que muchos de los que fuimos niños en Cuba, después del triunfo de la revolución, no conocimos. Es una tradición católica que se celebra el 6 de enero, y durante mi infancia esta religión no estaba muy bien vista. A sus fieles se les miraba con recelo y consideraba una especie de sexta religiosa por sus costumbres de rezar, adorar imágenes e ir a la iglesia los domingos arreglados como para una boda.
En la actualidad creo que tampoco se le da mucha importancia a este día. No porque se crea lo mismo de los católicos sino, más que nada, porque es complicado adquirir un juguete para regalar.
Vi las casas de algunos amigos de la escuela llevar esta tradición pero fueron de los primeros que empezaron a emigrar junto a sus padres cuando la cosa se fue poniendo cada vez peor en el país. Y así de a poco dejaron de verse desde la calle las salas de sus casas alumbradas en las noches por los arbolitos de navidad.
Mi madre -siempre creyente a su manera- puso uno una vez, y recuerdo que lo engalanó con bolitas de cristal de colores que guardó por años envueltas en papel periódico, como reliquia, dentro de una caja de zapatos. Luego le puso todo el algodón que pudo conseguir por encima para simular la nieve, el que luego le vi reusar en cosas de la casa y para quitarse la pintura de las uñas.
Todo aquello me parecía extraño. ¿Nieve? ¿Qué era aquello? Algo insólito para un niño cubano acostumbrado a estar siempre con chancletas y short con un calor de mil demonios.
En cuanto a los regalos no tengo noción de haber visto una tienda con juguetes no normandos y con precios asequibles, en Cuba, durante mi niñez. Solo hasta los trece años -edad en la que al parecer el gobierno consideraba dejábamos de ser niños- podíamos soñar con los tres juguetes que nos daban por la libreta de abastecimiento: el "básico", que era el mejor y más caro al que podíamos aspirar, y por el que había que esforzarse, hacer colas de días hasta entradas horas de la noche para evitar colados, llevando una lista con los nombres numerados, la que conservaba alguien de sumo respeto como el tesoro más preciado.
Costaba horas de insomnio y aguantar ganas de ir al baño el estar cuidando el puesto en la cola. La hacíamos en el Seccional (lugar donde se encontraban las oficinas centrales de los CDR, la FMC y el PCC de la zona) que era donde cabían más personas bajo techo y donde se “cantaba” la lista todas las noche, tachando el nombre de los que no estaban presentes al momento del llamado. Un año habíamos logrado tener un lugar privilegiado en la famosa lista y por eso mi madre pudo comprarme la soñada bicicleta, la que amarraba con una cadena y un candado  en una columna del portal, en las tardes, después de montarla. Recuerdo, me duró tres días, de allí me la robaron, sin poder saber nunca quién fue.
Estaba, además de ese juguete de mejor calidad, otros dos: el "no básico", de menos categoría y precio que el primero, y el "adicional" que llegaba a ser tan irrelevante o insignificante como una pequeña pelota o un juego de yakis.
Pero yo sí tuve dos reyes magos: un rey y una reina; que durante las situaciones económicas difíciles que desde mediados de los sesenta -y hasta la actualidad, por desgracia- nos tocó vivir, como magos, se las agenciaban para proveernos de todo lo necesario y poner de comer en los platos.
Mi padre era chofer de rastra refrigerada y su trabajo era ir de La Habana a las provincias orientales llevando productos de la fábrica La pesquera, congelados o enlatados. Cuando regresaba de su viaje de casi una semana, parqueaba frente a la casa su gran camión con muchos pares de ruedas, que en nada se parece a Santa con sus renos, y como rey mago portando un gran bolso lleno de regalos, se bajaba con una amplia sonrisa para mostrarnos lo que traía. No lo hacíamos junto a un árbol colocado en una esquina de la sala, engalanado con gangarrias de colores y luces que parpadeaban, ¡no! Íbamos tras él curiosas hasta la mesa del comedor y veíamos cómo sacaba de su morral y ponía sobre está los más diversos artículos; algo que mi madre le hubiese encargado o alguna otra cosa especial para ella entregándoselo con un beso en la boca, un vestido u otro obsequio para mi hermana, mucha comida: frijoles, quesos, frutas, y el ñame (el preferido de la cocinera de la casa para hacer frituras). Y al final -porque creo que disfrutaba verme saltar como chiva loca diciendo ¡¿y yo?! repetidas veces- me mostraba los zapatos que sabía me hacían falta y que me dejaban con la boca abierta, y algún otro obsequió destinado para mí.
Éste hombre fue el rey mago de mi infancia, viéndolo llegar varias veces al mes con su jolongo más o menos lleno en dependencia de cómo le fuera resolviendo lo esencial para el hogar.
Y así también recuerdo a su homóloga en la lucha, mi madre. Cocinando con lo que hubiera, haciendo chícharos con cebollino, orégano y laurel extraídos de la huerta que ella misma cuidaba. ¿Qué no era agradable comer la misma legumbre con más frecuencia de lo acostumbrado? ¡Cierto!, pero lo que no se podía negar era la pericia de ella para llenar nuestros infantes e insaciables estómagos.
No me crié con esa tradición, lo admito, y puedo contar con los dedos de una mano y me sobran dedos, las veces que he armado de forma rimbombante un arbolito para adornar la sala en época navideña.
En la actualidad suelo hacer algo parecido antes, e incluso el mismo día, y es agarrar cualquier planta, la más alta y frondosa que tenga en la casa, en maceta, por estos días y enrollarle una guirnalda de luces para colocar en su base regalos para la familia, los que entregamos como una forma de agradecerles por existir y estar siempre en los momentos más difíciles e importantes.
El Día de Reyes es un día muy importante para los católicos del mundo. No sé si aún en Cuba quede alguien que le de la misma y singular importancia a este día del calendario; pero de lo que sí estoy segura, es que en la isla los niños tienen cualquier día de los 365 que dura el año, a sus padres que -como reyes magos- hacen lo imposible por brindarles lo esencial para sobrevivir y formarse.
Esos son los anónimos pero verdaderos reyes magos. Los que dejaron en nosotros la tradición, contra toda adversidad, de hacer lo posible siempre por educar, alimentar y amar a nuestros hijos. Algo que fue pasándose de generación en generación y que representará siempre el mejor regalo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario