lunes, 27 de junio de 2016

Importante.

Importante

No necesito la mesa
bien vestida,
si a mi lado no tengo
la familia reunida.

Me da igual el material
de la vasija,
si no he de levantar
una copa compartida.

O si es de porcelana
el plato de la comida,
cuando a un extraño
no se le convida.

O si el vino es bueno,
o si no lo es,
cuando no lo alzo
a la salud de usted.

Si la casa es grande
o si es más pequeña,
porque de esas cosas
nunca seré dueña.

No atesoro nada
porque nada es mío,
todo quedará
cuando me haya ido.

No importan las prendas
que llevemos puesta,
si al alma es el cuerpo
el que la sustenta.

Me da lo mismo
la ropa de cama
si al lado no tengo
a alguien que me ama.

No atesoro nada
porque nada es mío,
todo quedará
cuando me haya ido.

Quedará la risa
que te contagié.
Quedará la pena
que siempre callé.

En verdad no importa
si es lunes o jueves.
Porque para amarnos:
si hay sol, o si llueve.

Nada importa más,
aprendo a vivir.
Contigo no faltan
ganas de reír,
de mirar las tardes
y de oler el mar.
Basta con tu mano
para caminar.






domingo, 26 de junio de 2016

Vendo la tele.

"Vendo la tele"
Vemos a la humanidad moderna disponer hoy, y cada vez más rápido, de sofisticados medios de comunicación. Advertir a través de éstos mismos como ella se ha convertido en un embrollo elitista, consumista, calculador, y desunido. Se han ido formando grupos de fanáticos de toda índole, guiados por sentimientos marcados por estatus, estatutos, credos, causas políticas, religiosas, homofóbicas, racistas, etc., que reaccionan con violencia extrema, capaces de aniquilar por sus creencias en todos los casos, sin excepción.
Siempre han existido, es cierto, pero ahora lo vemos más que nunca -o al menos suena más- porque nos llega a todos por los distintos medios a los que tenemos acceso, gracias a la globalización comunicacional.
El mundo se ha vuelto un caos. De cinco noticias que vemos o leemos,  es notorio que sólo una es buena, o medianamente buena cuando la solución al conflicto no se resuelve de inmediato y deben cumplirse plazos, o es la condena justa a un criminal que mejor no hubiese cometido el hecho.
Ya estoy que no pongo la tele, parece un parche oscuro en la pared, o lo uso de radio pues a través de él -que es un Smart Tv- me conecto a internet y sintonizo emisoras para escuchar Smooth Jazz o Lounge Music.
¿Podrá la convivencia unida, tolerante, amable y carente de odio hacer que desaparezca esta tendencia destructiva que ha estado noticionándose y sufriéndose mundialmente? No, para que ésto suceda tendrìa que dar peras el Olmo. No quiero ser pesimista, estoy siendo objetiva. Aunque sé y creo que hay quienes, como yo, quieren hacer posible el sueño de John Lennon en su canción "Imagine", la prensa radial, televisiva y escrita, lucra con el espanto, viven de eso: de informar el tertor. Y cada vez son más rojas las noticias. Ya no pueden seguirse si se desea estar al margen y no recibir el golpe emocional que van dejando día a dia en nosotros, más si ponemos la televisión mientras comemos, o al lado de nuestros hijos ayudándolos en las tareas, o mientras tomamos desayuno para salirr a trabajar en busca del sustento diario al cual partimos psicosiados, hablando con todos de lo que vimos temprano en la mañana, casi al abrir los ojos.
Entre los temas que se ven con frecuencia destacan los de familia, la que siempre fue sagrada y ahora se separa por la escasez. Luego surgen leyes que van en contra de su unión o su reencuentro. Dejan sus hogares por las crisis económicas que sufren en su país de origen y cruzan las fronteras arriesgando sus vidas para refugiarse en los paises vecinos. Otros se lanzan al mar, como los cubanos. Muchos lo logran, otros mueren en el intento.
Nos enfriamos conociendo de macabras manipulaciones a distintos niveles sociales, por intereses mezquinos que dolorosamente a veces provienen de personas cercanas a quienes la padecen.
A un menor se le dispara accidentalmente el arma que sacó del armario de su padre, movido por la curiosidad, y mata al hermano.
Si mencionar en detalles, ¡han sucedido tantos atentados! El que ocurrió contra las Torres Gemelas a principios de septiembre del 2001, que no era el primero, pero empezaré por ahí. Sólo en el 2014,  33.000 personas murieron a causa de ataques terroristas.
Durante el 2016 hubo uno en París, en Pathankot (India), dos en Ankara y tres en Estambul (Turquía). Uno en Grand Bassam (Costa de Marfil), uno en Lahore y Charsadda (Pakistan), en Dalori (Nigeria), Sayyidah Sainab (Siria),  Uagadugu (Burkina Faso), en Zliten (Libia), en Irak, en Yakarta (Indonesia), en Iskandariya (Irak),  luego ocurre otro en Bruselas, el de la discotec "Pulses" en Orlando. Los atentados en Santo Domingo de Acobamba y Llochegue (Peru). Tiroteo en el mercado de Sarona en Tel Aviv.  Cierto es que algunos ocurren en territorios que han vivido por años inmersos en conflictos internos y se ajustan cuentas constantemente entre ellos, pero el caso es que mueren seres humanos, muchos de ellos niños. Los que han nacido ahí, rodeados de la guerra, respirando su tóxico ambiente y copiando patrones y queriendo salir tempranamente a defender lo ya indefendible.
Se mata sin piedad, sin reflexión, se filman y fotografían esos eventos con una tranquilidad pasmante sólo por no perder la primicia del momento y subirlo a los portales de internet, haciéndo que llegue a tener millones de visitas en las redes sociales, alimentando el morbo.
En Estados Unidos hay más armas que habitantes. Cada hora se producen tres muertes por arma de fuego. La tasa de fallecidos por estas, aquí, sigue siendo la más alta de paises ricos. Cada dos años la estadística de muerte por armas supera la de la gerra de Vietnam.
Todos estos sucesos ya no son novedosos, ya no son las "new" del dia, si no sablazos en nuestros sentidos que nos dejan la certeza de estar viviendo en un mundo apocalíptico.
Recuerdo entonces al reino animal que vive sin afectarle las informaciones -en su mundo natural- hasta que llega el hombre a hacer noticia de ellos o con ellos, a dispararles por simple placer.
Los elefantes, por ejemplo, van siempre en manadas y desde pequeños aprenden valores. Se defienden con fiereza del enemigo natural y se ayudan y asisten en los momentos difíciles. No avanzan hasta que no estan todos reunidos. Son un ejemplo de lealtad y de muestra de respeto que prevalece entre ellos de generación en generación, digna de imitar por los humanos. Muchas otras criaturas que hemos tildado de "salvajes" se comportan mejor que el hombre.
Otros animales matan para alimentarse, por orden natural, no por placer o consciente como lo hace el humano.
Enfatizo el sentir del entrañable cantante brasileño, Roberto Carlos, cuando nos ponía a pensar escuchandolo entonar aquella estrofa que decía: "...quiero ser civilizado como los animales. Me le sumo pues el mundo está cada vez más convulso.
Por todo lo que he expuesto, y porque hoy sigue la letanía de las malas noticias, es que me he decidido: ¡Vendo la tele!

Como un árbol.

Como un árbol


Como un árbol venimos al mundo, ensanchando el interior de nuestras madres, buscando la forma de salir. Igual que él lo hace -de a poco- abriendo la tierra para hallar la luz.
Frágiles e indefensos crecemos, como su tronco, azotados por las inclemencias que nos toque vivir. Así nuestro cuerpo y nuestra alma, va conociendo las tormentas que nos doblan pero no nos quiebran; quedando enseñanzas, profundas marcas, por las que brota la sabia del dolor.
Como él buscamos la forma de acorralar las heridas haciendo anillos de corteza alrededor, para que no se propague el daño más adentro. Tratamos de curarnos, poner consuelo o resignación. Luego podemos palpar las marcas, tocar lo profunda que han llegado a ser. Ver que han alterando nuestro externo e interno como les ha pasado a ellos. Perdonamos para seguir creciendo, pero marcas al fin, se quedan en todo nuestro ser.
Lo atacan plagas, lo ahogan enredaderas; como a nosotros las enfermedades, la mala gente y la envidia. Un mal jardinero lo daña de la misma forma que a nosotros una persona malintencionada. A veces irremediablemente.
Un árbol sano, fuerte y frondoso da buena sombra y vienen a él a cobijarse el hombre y las aves. Igual que a nosotros, si somos afables y hospitalarios todos buscarán estar cerca nuestro.
Con cuidado debemos tratar de no ser afectados -como ellos- por la plaga de la maldad que pudre,  y nos hace perder pedazos  importantes o llenarnos de rencor.
Si estamos felices nos sentimos florecer de alegría como en la primavera. Si, como las hojas en otoño, perdemos amistades que creíamos valiosas nos nacerán otras nuevas.
Los amigos, también como los pájaros, vienen y se van. Nos alegran con su canto de amistad y hacen su nido en nuestra existencia. Unos pueden que retomen el vuelo y otros, los más leales, anidan junto a nosotros para siempre: atentos, preocupados y solícitos.
Una poda extrema puede afectarlo sobremanera perdiendo una parte importante que no volverá a crecer. Trayéndole inestabilidad o haciendo que se desarrolle descompensado y débil. Como nos pasa con la pérdida de un ser querido, ya sea porque se haya ido para siempre o nos haya abandonado.
Damos frutos, unos buenos y otros malos, de los que podrá nacer otro árbol semejante, y otro. Podemos llegar a hacer una selva o podemos estar solos en una gran sabana. Así vamos viviendo entre la paz y la tormenta, entre la risa y la tristeza, el día y la noche, la primavera y el otoño de nuestra propia vida.
A un árbol grande lo asfixia la presión atmosférica, faltándole el aire para vivir; a nosotros nos puede asfixiar la soberbia y nuestro propio ego si nos creemos poderosos y que estamos por encima de todos.
Pero si a él lo mata la falta de agua y de sol, nosotros podemos morir por lo mismo pero más que nada por la falta de amor.

sábado, 25 de junio de 2016

A paso lento.

A paso lento

A paso lento, como los niños,
voy empezando a caminar.
sin necesitar tu mano
que me solía acompañar.

A paso lento se va quedando
la rabia y la pena detrás
y voy subiendo la cuesta
a encontrar felicidad.

Atrás quedaron momentos
que podía acariciar;
para qué seguir sembrando
donde no he de cosechar.

No importa si no te olvido,
no lo voy a hacer jamás.
Queda queloide en la herida.
cuando deja de quemar.

Baja al niño de tus brazos,
enséñalo a caminar,
que cuando ese niño crezca
como ave volará

Puede que pierda el camino,
o que no quiera regresar,
pero en su profundo instinto
sabrá llamarte mamá.

Se me ha escapado un suspiro,
voy a salirlo a buscar.
Puede que se encuentre solo
y lo tengo que cuidar.

Las gaviotas se emocionan
al escucharme cantar.
¡Cuan halagada me siento!
Ellas conocen el mar.

Que se enfurece y se calma
pero no deja de dar
los peces para el hambriento
y para condimento, sal.

Amante de mis caminos
dame un beso de tu boca.
El agua cuando es constante
llega a penetrar la roca.

Ahora que me siento triste
necesito tu consuelo.
Tanto has estado conmigo
que ya tengo cano el pelo.

He visto la hipocresía
vestir ropas halagüeñas.
Y he visto la duda reír
después que el amor la preña.

Dicen que nada es eterno
como gota de rocío,
que se evapora y que cae
y se vuelve agua de río.

Pero si la pena es tuya
y tan grande te parece,
no importa ya pasará
que de amor no se fallece.


Autoría y derechos: Marta Requeiro.
Del poemario en edición: "Alma con Alas".

Pesadilla

Pesadilla


El crujir como de un navío que se mese en el océano me despertó. No divisé nada conocido a mi alrededor salvo el respaldo de la cama, que atiné a verlo justo en el momento que se convertía, de repente ante mis ojos, en un viejo banco azul con varias capas de pintura, y que formaba parte de uno de los dos asientos dentro de un cubículo privado que, al juzgar por el vaivén, pertenecía a un tren. Quedé sentada cómodamente en él.
Mi ropa era antigua, de época. Llevaba puesto un vestido color natural de encajes y vuelos, guantes, sombrero, y un diminuto cofre sujetado entre las manos. El pelo ensortijado que caía sobre mis hombros no lo reconocía como propio, tampoco era de mi color. ¡No era mi pelo! Las guedejas se entrelazaban en el collar de perlas que llevaba puesto, mientras un día gris se dejaba ver por la ventanilla, la abrí con desespero y me asomé. Miré hacia atrás y vi la pared de al lado de la cama con el velador, la lámpara, y el reloj despertador digital marcando las dos y treinta y seis antes meridiano. Hacia adelante una infinidad de vagones antes que el mío iban  perdiéndose en una muy tupida vegetación. El aire fresco golpeaba mi rostro por la velocidad. Tuve temor.  No sabía qué estaba pasando.
Quise huir. Fui hacia la puerta de salida del compartimento y, para mi sorpresa, al tocar el picaporte éste se convirtió en el familiar y reconocido que siempre acciono en la puerta de mi cuarto.
Abrí y vi ante mí un largo vagón con dos hileras de bancos ocupados por personas bien vestidas, niños y maletas. Mi cara de asombro debió parecerle rara a una anciana que cargaba a un pequeño perro. Al mirarla me sonrió apacible por unos segundos, el perro se inquietó ladrándome enfurecidamente, queriendo saltar desde sus piernas sobre mí. Ella en cambio no se inmutó regresando a contemplar el paisaje.
El inspector del convoy venía ponchando los boletos consecutivamente de alante hacia atrás. Volví a entrar al reservado del que había salido y cerré la puerta tras de mí, no sabía si tenía ticket que justificara mi presencia ahí.
Sentí un crujido y la velocidad disminuyó de forma drástica. Sentí como se tupieron mis oídos presionada por lo confuso de los acontecimientos. Me asomé nuevamente por la ventanilla y divisé a la distancia, en una extensa sabana verde, mi casa de la niñez: fresca y soleada como la recuerdo, y a mi perro de entonces, que levantó la cabeza al presentirme y movió la cola con la misma otrora felicidad.
Otro tren venía colisionando con éste de frente, pasándole en forma vertiginosa. Vi la locomotora echar humo y pitar a medida que avanzaba en sentido opuesto acercándose al vagón en el que me hallaba. Me preparé para el impacto. Cuando los latidos de mi corazón se hicieron cada vez más fuertes esperando morir, sentí un fuerte golpe de viento y como en cámara lenta pasaron, ante mí, rostros sonrientes de personas que conversaban animadamente, otras cabeceaban dormidas, o leían, niños jugando al antiguo juego de chocar sus manos mientras cantan; y otros pasajeros, sencillamente, iban asomados mirando el campo a través de sus respectivas ventanas.
Ambos trenes continuaban su camino sin interrupción en sentido opuesto y, a pesar que uno pasaba por dentro del otro, nadie parecía notarlo, sólo yo.
Por lo nublado del día las luces estaban encendidas. Miré al techo el cual era de madera, curvo, como una especie de bóveda, las lámparas de los techos pertenecientes a los dos trenes hacían un falso contacto, sin llegar a apagarse, cuando coincidían en el punto por donde colgaban de las cadenas y los cables. En el extremo de cada una de éstas, bamboleándose con el movimiento, pendían plafones de cristal nevado que proyectaban una tenue luz hacia el centro de los pasillos.
Por otra parte ya faltaba poco para que el vagón en el que iba se perdiera en la tupida vegetación donde había visto que se adentraban los que componían la parte delantera del tren, sin poder divisar nada más a la distancia que el manto de árboles verdes. Volví a sentir un impacto, súbito y contundente, como el de la colisión anterior entre ambos trenes. El convoy se detuvo frente a la impenetrable pared de árboles. Fui a la puerta del cubículo y, al abrir, encontré el pasillo que me conduce al resto de la casa. Aún veía tras de mí a las personas indiferentes conversando y disfrutando el viaje.
Al superar el marco cerré la puerta del cuarto detrás mío y volví a ser yo. Corrí al baño con un temblor incontrolable en todo el cuerpo. Me miré en el espejo reconociendo mi cara y el color y largo de mi pelo. Abrí la llave y eché abundante agua fría sobre mi rostro. Había vuelto todo a estar como antes. ¿Pero realmente todo estaría como antes?
¿Que sería todo aquello? La respuesta me vino desde los sentidos. Seguramente había coincidido en espacio y no en tiempo con ambos trenes y la que sentí ser, seguramente era yo en alguna vida pasada.
Regresé por el pasillo al cuarto aún impresionada. Me detuve ante la puerta con miedo a accionar el picaporte, a abrir y encontrarme de nuevo en ese viaje hacia no sé dónde. Al fin me sobrepuse y abrí la puerta. Allí me esperaba mi cómoda cama: cálida y confortable, como estaba antes de ese supuesto viaje en el tiempo.
El reloj digital de la mesa de noche marcaba las cuatro y cincuenta antes meridiano. Me acosté a esperar que sonara la alarma en mi celular, la que había programado para las seis y treinta; y a pensar qué había podido ser todo aquello.

viernes, 24 de junio de 2016

Guajiro enamorado.



Guajiro enamorado



Un guajiro montado en su caballo
va cantando su pena tan sentido,
suplicándole al amor que se le ha ido
que regrese de nuevo sin reparos.
Porque el cielo ha perdido su azulado,
los días tienen un contenido vano.
La palma no es tan bella en lo lejano,
ni el canto del sinsonte tan preciado.
La piensa todavía enamorado
anhelando besar su dulce boca.
Sus lágrimas resbalan por las rocas,
transformando el río en mar salado.
Los penachos esparcen el lamento,
lo cantan las aves en lo lejano.
Llega a los oídos en forma de rezo
su corazón por pena atravesado.



Autoría y derechos:
Marta Requeiro.

martes, 21 de junio de 2016

No más.

No más




No más, no más me dije
y se volvió propia la pena
No más, no más me dije.
y ajeno se me hizo el olvido
No más, no más me dije
y el universo cupo en un ovillo
deteniendo la dialéctica de un beso
Un tirabuzón escarlata
extrajo el corazón
para tallarle lo imborrable,
lo incomprensible.
Se cortó la vida en dos palabras:
¡No más!
No más, me dije
y el pasado se adueño del presente.
Desempolvo continuamente
mis pocas pertenencias:
tus gestos, tu sonrisa,
que me mantienen viva hasta entonces.
Ironía estacionada que envejece
mi cuerpo en esta pena.
¿Volveremos a jugar?
No más, no más responde,
-hablando en mi lugar-
la daga traicionera del costado.
que me condena proscrita.
¡Gran condena!,
a tan escasa culpa.
No más, no más me digo
desde el hosco silencio de mi yo,
para no ser tentada de vivir

donde tu falso amor me nombre.

Autoría y derechos:
Marta Requeiro.

He encontrado un corazón.

He encontrado un corazón.



He encontrado un corazón
extraviado en el camino
¿De dónde eres?, le pregunto.
De las alas de un molino
de las gaviotas, del mar,
del amor, de lo divino
del horizonte lejano,
de lo duro del camino.
Soy de las ganas de amar
soy un ocaso perdido
porque nadie contempló.
Soy de donde nunca he sido.
Soy de todas latitudes,
de oscuros y claros rincones.
Soy de una mano que deja
y de otra que te acoge.
Del agua del manantial
y de lo rojo del vino.
De lo profundo del mar
y de las constelaciones.
Soy azúcar y soy sal,
fiera agresiva y leal.
Soy lo que quieras que sea.
Soy propiedad del poeta,

que se quisiera ir conmigo.

Autoría y derechos:
Marta Requeiro.

domingo, 19 de junio de 2016

Un padre.

Un padre



Un padre no es más que aquel
que el que a la vida te asoma 
y de la mano te toma
dándote amor, siendo fiel.

Te ha de enseñar el camino
que has de seguir en la vida,
y si algo te causa herida,
te enseña que es el destino.

Más que un amigo, es un padre,
educador persistente,
esmerado, diligente,
siempre al lado de la madre.

La suple cuando ella falta
en aquellos quehaceres
que creemos de mujeres
donde su empeño resalta.

Innato proveedor,
rudo y débil a la vez,
te lleva hasta la adultez
siempre dándote su amor.

Cuando nos vamos de casa
nos llevamos el ejemplo.
¡Ahora lejos contemplo
lo que su figura abraza!

Podemos tener la suerte
que la vida nos regale
conocer más lo que vale
antes que llegue la muerte.

Mas si no tenemos suerte
y ésta le llega temprano
soltándonos de su mano
tendremos que hacernos fuerte.

Los valores inculcados
quedarán en el recuerdo,
con los que hoy también concuerdo,
que deben ser enseñados.



Autoría y derechos: Marta Requeiro.

miércoles, 15 de junio de 2016

Orlando. Pongamos fin a las masacres.

Orlando


Contra gente divertida
irrumpe en la noche un fuego,
las balas arremetidas
salen en nombre de un credo.
Medio centenar reunido
sangra esparcido en el suelo.
Orlando lamenta luego
el suceso acontecido.

En contra ha sido de aquellos
que se muestran diferentes,
en resumen, inocentes
reciben el atropello.
Porque dos hombres se besen
porque dos mujeres se amen,
porque no amemos iguales,
¿vivir no les pertenece?

Quedó en el aire el aroma
de perfumes y las risas.
La vida se va de prisa
ante una bala que asoma.
Toma la noche el terror,
lloran las madres sus hijos.

No importa lo que hayan sido
si sólo daban amor.
Mil promesas sin cumplir
se rompen en el instante
ametrallan al causante
haciéndolo sucumbir.

Volvió el miedo a sonreír.
de la mano de la muerte.
¿Si se navega con suerte
se logra sobrevivir?
Mano dura a los sucesos
en alta voz le pedimos
a quien el voto le dimos
que actúe como sabueso.

La vida es para vivírla
en unión, paz, con amor.
Todo el rigor hacedor

a quien pretenda destruirla.

Autoría y derechos: Marta Requeiro.

domingo, 12 de junio de 2016

Tipos de verdad.

Tipos de verdad.



¡Tantos tipos de verdad!
La titiriteada 
por hilos
de mentira, 
y no es
verdad total.
La que acusa,
la que duele,
la que exalta,
y que libera,
La que omite 
otra verdad
porque no se tengan
el valor para contarla
real.
La que se conoce solo
del lado de la maldad.
La mentira repetida
que se vuelve tan real.
Esa que es más que sabida
y no hay que demostrar.
Que no todo lo sabemos.
La que se sabe al final.
Que el tiempo lo cura todo.
Que un día le sigue al otro;
la noche la claridad.
Que no nos llevamos nada.
Que hay un dios para juzgar,
tu verdad y mi verdad.


Autoría y derechos:
Marta Requeiro.

viernes, 10 de junio de 2016

"Racuneando"

"Racuneando"
Cuando llegamos a Estados Unidos, en el 2012, fue muy difícil el comienzo. Estábamos desorientados y asustados por haber dado el paso de dejar en Chile una vida estable y llegar a empezar de cero con cincuenta años en las costillas. Había que esperar para acogernos a la ley de ajuste cubano sin poder valernos de los beneficios que poseen los que cruzan la frontera; pues al entrar no pedimos asilo -por no estar seguros de cómo proceder- ni siquiera si nos iba a ir del todo bien. Dejando siempre como alternativa el poder regresar a ese hermoso país entre Los Andes que nos acogió por casi quince años. Creo que el típico miedo que da lo novedoso y el cambio nos hizo actuar así.
No obstante, veníamos con la economía planificada para subsistir por una temporada. Rentamos un apartamento en la playa de Miami Beach. Aquí, porque estaríamos cerca de la familia más cercana de la que habíamos estado separados por años, que nos apoyaría emocionalmente. Además siendo éste un lugar turístico pasaríamos mejor el tiempo legislado – un año y un día- para aplicar a la ley de ajuste.
Los días se hacían interminables. No estábamos acostumbrados a no hacer nada, a tener demasiado tiempo libre. Caminábamos por todas partes, creo que hasta por lugares que no aparecerían en el mapa de la zona. Ya nos conocíamos todo: los pasajes que sirven de conexión con calles, avenidas, parques, plazas y jardines. Atravesábamos los edificios, en su mayoría Art Deco, que conjuntamente con las cálidas aguas que se disfrutan acá en toda época del año, y la espectacular puesta de sol desde el escenario de La Marina de Miami, son el atractivo turístico del lugar. No dejamos un recoveco por transitar. A cada día le asignábamos a un cuadrante. Descubrimos lo menos visible de Miami Beach durante aquellas caminatas que se convirtieron en nuestro principal pasatiempo. 
Para nuestra sorpresa, descubríamos cosas despreciadas; recostadas a las paredes de los patios, o colocadas sobre los cestos de basura para ser recogidas por el que quisiera llevarlas o retiradas por el recolector de basura. Si considerábamos que con un toque de ingenio y laboriosidad podíamos transformarlas en algo útil, nos la echábamos al hombro y partíamos con ellas sin el más mínimo sonrojo, eso sí, continuando por los callejones y pasajes para no salir a las calles principales repletas de turismo y llamar la atención. Aquella actividad de reciclado se volvió nuestro cometido para llenar el abundante tiempo libre.
Cuando no nos acompañaba la “suerte” en los hallazgos terminábamos en la playa, caminando por la arena o dándonos un chapuzón, casi anocheciendo, con lo que llevábamos puesto, que siempre era ropa ligera producto del calor, para llegar exhaustos al apartamento y dar por concluida la jornada.
Acá en la Florida hay un animal, un poco más grande y corpulento que un gato. Su nombre en inglés es Raccoon (se pronuncia Racún): el que se rasca con las manos. Han sido usados como mascota pero, al llegar a la adultez, son abandonados por su tamaño, los desordenes que causan dentro de los hogares y porque en muchos casos se han tornando agresivos. Tienen hábitos nocturnos y un agudo sentido del olfato. Irrumpen en los patios para hurgar en los contenedores de desechos y en todo lo que es basura buscando comida. 
Se le conoce también con el nombre de Mapache; que proviene del Náhuati -lengua hablada por los nahuas en México- y que quiere decir “el que tiene manos”. Definición que se ha ganado éste especímen, de la familia de los Procyon, por la habilidad que lo distingue de otros mamíferos de sentarse sobre sus cuartos traseros y usar las zarpas delanteras para agarrar y sostener la comida.
Se me ocurrió entonces que a esta acción de buscar cosas por esos pasajes, que pudieran tener alguna utilidad, le llamaría “Racunear”. Y así le decía a mi esposo cuando se acercaba la hora acostumbrada del “paseo”: _ ¿Vamos a racunear?”
Siempre aceptaba pues estaba tan aburrido como yo. Salíamos andando hacia la zona previamente acordada en busca de objetos reciclables. Así fue que empezamos a hallar cosas tales como: espejos enmarcados, grandes y pequeños, un juego de muebles de terraza en hierro trabajado compuesto por una mesa redonda y dos sillas; infinidades de mesas de igual material, o de madera, de diferentes formas y tamaños. Sillas, macetas, plantas, lámparas, cajas con libros, un respaldo de cama Queen en madera dura y torneada, gaveteros, cestas de mimbre, artículos de cocina, candelabros, dos ventiladores y una aspiradora -que todavía funcionan y que aún usamos- cuadros de diferentes motivos y tamaños. El sofá de la sala, el que aún conservamos: un Natuzzi de cuero blanco al que sólo le faltaban los cojines del respaldo, que luego confeccione en tela de lona blanca para completarlo. Su holgura y comodidad ha servido de cama a algún invitado ocasional.
La actividad se tornó entretenida y puedo decir que adictiva. Era adrenalínico divisar a la distancia un objeto y adivinar qué era. A todo le dábamos un similar proceso: limpiar a fondo con productos especiales que comprábamos. Reparar, lijar, pintar y tapizar, según lo requiriera cada pieza en particular. Esa fue nuestra principal actividad durante los trescientos sesenta y seis días de espera para aplicar al permiso de trabajo. Así fuimos amoblando el departamento que rentábamos, el que al principio solamente tenía la cocina y el refrigerador, que es con lo que lo entregan.
No sabíamos qué tiempo íbamos a poder estar en la playa. Si después de tener el autorizo legal para trabajar el empleo lo encontraríamos aquí o lejos, o si iba a ser rápido encontrarlo. Se conoce que el costo de la vida en ésta área turística y de playa es más elevado, pero eso lo de “racunear” hizo que ahorráramos y, lejos de gastar dinero en comprar nuevo, estábamos reciclando y entreteniéndonos. Los gastos no estimados en que incurrimos fueron menores: sólo algo de pintura y una máquina de coser, la que me sirvió para embellecer o mejorar lo encontrado. Además me puse a hacer arreglos de costuras entre amistades y vecinos con lo que devengaba ganancias de gran ayuda. Compramos un televisor y algunas cosas para la cocina. El primer colchón y la base fue un regalo de familia, así como muchas de las herramientas de trabajo que también nos fueron donadas debido a la fama que adquiría nuestra labor.
Hace unos días vi un vídeo muy interesante que un primo compartió en facebook acerca de la cultura del reciclaje. Me doy cuenta entonces que lejos de sentir vergüenza por lo que hicimos al llegar acá, debemos estar orgullosos pues de alguna manera contribuimos al cuidado del medio ambiente y en mayor medida a cuidar la economía familiar. Es costumbre generalizada acá botar y comprar nuevo, estamos en el país abanderado del consumismo, la gente se endeuda por comprar lo que es grito en la moda aún sin hacerle mayor falta y desecha cosas de valor. 
Lo de “racunear” ha contagiado a mis hijos, familiares y amigos. Mi nuera me enviaba fotos de algo que había encontrado, cómo lo había transformado, y ahora ocupa un lugar importante en su vivienda. Mi hijo menor ha hecho muchas veces lo mismo cuando se encuentra algo. Algunos vecinos del edificio que han visitado el apartamento quedan maravillados y me dicen: Si ves un par de sillitas me avisas. Otros, los más cercanos, me tocan a la puerta o mandan fotos a mi celular con la dirección incluida de lo que ven y dónde encontrarlo para que vayamos a examinarlo y le hallemos provecho. 
Mi cuñado me hizo saber que necesita unos espejos y algunos cuadros para su oficina. Le hemos mostrado algunas cosas encontradas pero no van con el estilo de su despacho. Hemos terminado cambiando las que tenemos por otras a modo de “renovación”, y colocando las no deseadas alrededor de los cestos de basura para que, con suerte, se repita la acción y no terminen en los centros de elaboración de desechos. 
Cuando tengamos nuestra casa, que para eso nos esforzamos día tras día, compraremos muebles nuevos, a nuestro gusto, aunque no creo que me deshaga de todo. O quizás sí, para que alguien que pase por los pasajes pueda tener la opción de recogerlo y llevarlo consigo a satisfacer una necesidad sin afectar el bolsillo.
Ahora ya no vamos por esos sitios, ya no tenemos el mismo tiempo disponible, otras actividades son las que lo ocupan. Cuando descansamos: mi esposo después de sus más de cuarenta horas de intenso trabajo semanal, y yo de los quehaceres de la casa y mis dos trabajos apasionantes –coser y escribir-preferimos pasear, ver una buena película en casa, o cocinar algo rico.
Hace un par de días tocaron a la puerta, era el vecino de al lado que me traía un regalo: Una bella mesa de madera y metal que se había encontrado, color café oscuro y con la pintura descascarada. Después de lijarla y pintarla de blanco, la coloqué en el centro de la sala. Hoy le regalé a una vecina del tercer piso, la que tenía anteriormente ocupando ese lugar, y vine a darle los toques finales a ésta anécdota que les quería contar.

jueves, 9 de junio de 2016

De noche en el silencio.

De noche en el silencio.




De noche en el silencio
conmigo, nadie llora.
Mas una lágrima se suicida
del lagrimal a la boca
y esta última calla
para no romper, nada más,
ni el silencio.
Un torbellino cruza descalzo
el salón rompiendo
las entrañas de la luz,
pisoteando el tapiz de la ilusión,
llevándose consigo toda duda.
Arrullo en mi regazo
las futuras horas
sentada en el sillón de la hosca calma.
Esperando que crezcan lozanas y felices.
Para ver, si de una vez por todas
deja de inmolarse el salado líquido
que de mis ojos brota
al precipicio pálido
de mis mejillas.



Autoría y derechos:
Marta Requeiro


lunes, 6 de junio de 2016

La alegría.

La alegría.




Descalza va la alegría
con un traje azul de besos
al amanecer del día
soltando pájaros presos.
Es tan ingenua y tan bella
que si el dolor la persigue
le regala estrellas, ella.
Y él, no atraparla decide.
Va la alegría contenta
tan alegre, tan risueña
que la envidia se le aparta
al ver que despierta sueña.
La muerte le cierra el paso,
ve ella con inocencia:
¿Señora por qué tan seria
va vistiendo negro raso?
Dos palomas hacen su nido,
y el amor de tanto en tanto
en un abrazo ceñido
nos envuelve con su manto.
Los desmanes nunca nota
de la vida, la inocente.
Positiva siempre acota
ante todo lo doliente.
Yo la miro tan feliz
evadiendo lo indeseable
que aprovechando un desliz
me le sumo a la inefable.


Autoría y derechos:
Marta Requeiro.


Pertenencias

Pertenencias.



¿Qué llevas en la mirada?
El alma
¿Y en los bolsillos?
Sudor
¿Y en la cabeza?
Las alas
¿Y en el corazón?
Amor, y todas aquellas ganas
que me impulsan a la acción.
¿Y en la boca?
Una canción que me estremezca
y recuerde de dónde provengo
y soy.


Autoría y derechos:
Marta Requeiro.

La Traición. ¿Quién está exento?

La Traición




Es la traición una daga
que se mantiene escondida
y espera el mejor momento
para causar una herida.

La procedencia sorprende
te toma desprevenida
te deja sangrando a chorros
la confianza por la herida

Quien maneja lo filoso
de tan vil procedimiento
aniquila la esperanza,
el amor y el sentimiento.

Deja en un hilo la vida
del herido sin remedios,
se nos borra la sonrisa
se nos vienen los recuerdos.

A tan hostil desaliento
le busco la causa justa,
y sin encontrar respuesta
mi razón se desajusta.

¿Por qué tienes que ser tú
el que habite en la morada
de este dolor tan profundo
que me tiene acorralada?

En ti fue en quien más confié,
todo te lo confesaba.
Es cierto que no entran moscas
en una boca cerrada.

Me pintaré una sonrisa
quizás no comente nada
le deseo lo mejor
a tu alma envenenada

¿No dice un viejo refrán
"Todo en vida se paga"?
Sólo me toca esperar.
No seré yo quien lo haga.


Autoría y derechos:
Marta Requeiro.