
Ayer, cuál sería mi sorpresa, fui a hacer café y la cafetera no
funcionó. Cambié de posición el enchufe. Revisé el tomacorriente, el cable, me
percaté que el breaker o interruptor automático, no se hubiese disparado por
algún cortocircuito; apreté para arriba uno y cada uno de ellos con el palo de
la escoba por miedo a un accidental corrientazo, pero todos estaban bien. Le di
para atrás al botón lateral de la máquina de café y nada. Entré en pánico. ¡Se
rompió la cafetera! Se fastidió la Mr Coffe Espresso de cuatro tazas que una
amiga cubana, de acá mismo del edificio, me había regalado -ya de uso- hacía
algún tiempo. El motivo, según ella: que casi no la usaba. Trabaja y cuando llega
en la noche casi ni entra en la cocina. Y aquí, en casa, yo le daría mejor uso
pues todo el que llega toma café, desde el Sr que limpia el edificio y
sus alrededores, que tan amablemente riega con frecuencia las plantas del
patio, o me regala una matica y hasta una gigantesca calabaza para que haga un
flan y le convide. La vecina que me llama por "mami" y pasa a saludar
y a contarme cómo le fue el día, el que viene a dejar una ropa para que le
arregle, el fumigador, sin contar -claro está- la familia que ahí sí se pone
bueno el asunto pues la cafetera no descansa: hago café cuando llegan, después
que almorzamos y cuando se van a ir. Y a ella, a la susodicha vecina que me
había hecho el obsequio, que también pasa diariamente. En definitivas, que mi
cafetera amada había muerto prematuramente o de tanto uso. Ya casi me echo a
llorar pues la verdad es que eran casi las dos de la mañana, hora en que le
preparo el desayuno a mi esposo antes de que parta a trabajar, hago todo
apurada… ¡Y la cafetera venirme a hacer esto!
Reaccioné, respiré profundo, para que la situación no me dominara
y miré para la Cuisinart que aguardaba para ser usada desde hacía tiempo, allá
en un rincón de la meseta. Sí, mi otra cafetera que había quedado olvidada por
haber preferido de un tiempo a esta parte a la difunta. Pero con el sueño,
debido a la hora, me le paré delante a recordar cómo funcionaba. Y me dije:
esta es más rollo que película porque es como el comunismo: mucho ruido y poco
avance. Parece un laboratorio en miniatura. Tiene un depósito trasero
transparente por donde se ve el nivel del agua, dos luces delantera, la del
encendido y la que se apaga cuando ya tiene el calor requerido; dos botones,
uno que se gira para que cuele el café y otro para hacerle la espuma, una perilla
por donde echa el vapor para hacer la espuma del café cortado, una bandeja
arriba para colocar las tazas a que se calienten..., y en resumidas cuentas el
café sale clarito y tiene la opción hacer sólo dos tasas. ¡Dios mío! ¡Cómo pude
comprar este aparato! Eso sí, para hacer los cortaditos no tiene precio pero
como nos gusta el café negro… ella había quedado rezagada. Pero ahora, por el
apuro tenía que resolver con esta.
Recordé entonces cómo sería tener ahora uno de aquellos coladores
de tela que mi madre usaba cuando nos preparaba el desayuno antes de ir a la
escuela. Siempre me parecieron ajustadores de una sola copa, como sustraídos de
la lencería de una extraterrestre, cuyo contorno metálico descansaba en un
trípode de hierro. Había que echarles el doble de café y con una cuchara
grande, o de cabo largo para que llegara al fondo del colador, apretar el polvo
hacia abajo y enrollar el cono de tela, haciendo un tirabuzón, para extraer al
máximo la esencia de ese polvo negro que tenía tan poco porcentaje de café. Su
gran contenido era chicharro, que tostado y molido mezclaban con una pequeña
cantidad de polvo del cafeto, y nos lo daban en Cuba por la libreta a razón de
dos onzas por persona cada quince días. Y que por el contrario nos costaba
tanto conseguir en el mercado negro.
Si el amigo originario de la provincia más oriental de la isla,
desde su tierra pródiga en producir este grano; sorteando vigilancias, nos
traía a la puerta el fresco y natural producto de la tierra, listo para tostar,
miraba para ambos lados de la acera y poco menos que jalándolo de la camisa lo
metía para adentro y, sin importar que pensarán que era mi amante, le pagaba en
dólares toda su mercancía evitándole arriesgarse yendo de puerta en puerta cosa
que le garantizaba siempre no sucedería si venía primero donde estaba yo. Luego
otro lío era tostar el grano y que el olor no nos delatara con el vecino
chivato que colindaba con nuestro patio.
La época del colador de tela pasó rápido, por suerte, aunque
recuerdo haber visto a mi madre zurcir el deteriorado tejido muchas veces o
hacer uno de tela de camiseta y ajustar al borde superior del aro de metal con
unas puntadas hechas a mano, porque tampoco se podía comprar uno nuevo con
facilidad.
Con la llegada de la cafetera diseñada en Italia que irrumpió en
los hogares cubanos y que entró en ellos para quedarse hasta la actualidad, el
cedazo de tela se olvidó. Aunque esto de las cafeteras italianas fue otra
historia. Luego se adquirían las de producción nacional hechas por la INPUD
(Industria Nacional Productora de Utensilios Domésticos), situada en la
provincia de Santa Clara. Este tipo de cafeteras tienen un problema. Cuando se
les cae el asa plástica derretida por el alcance de la llama de la cocina se
hace muy difícil su manipulación. Seguramente su fabricante las ideó para
hornillas eléctricas - imposible de hacerlas funcionar en Cuba donde se sufren
tantos apagones y donde la gente cocina con el combustible que puede -hasta con
leña en el patio. En ese caso echábamos mano al alicate para sacarlas de la
candela. A veces las manos parecían de amianto aguantando el excesivo calor en
el proceso de servir las tazas con tal de culminar con éxito la delicada
operación de sujetarla sin quemarnos o derramar el preciado líquido.
Esas mismas cafeteras aquí en Estados Unidos, bellas y de mejor
calidad, descansan olvidadas en los estantes de los mercados que venden
productos destinado al inmigrante consumidor isleño, o al latino. Y se pueden
observar ubicadas allá arriba, donde nadie alcanza y pocas veces mira.
Con la cantidad de artefactos de variados diseños que han llegado
al mercado destinados a hacer café estas legendarias cafeteras italianas
quedaron en desuso, aunque debo admitir que son espectaculares y que no tengo
ninguna para que me saque de apuro, cómo me sucedió.
Pero ayer, después que mi esposo se fue, cuando quedé tranquila en
casa cogí el computador y busqué por Amazon para comprar una Mr. Coffee nueva,
porque ya aquí tampoco se usa eso de estar mandando a arreglar o buscar al
vecino con conocimientos de electricidad que nos pueda componer al artefacto
dañado. No, aquí se bota lo viejo y se compra nuevo, así pasa con todo aunque
reconozco que soy dada a componer. Estoy casi segura que fue la resistencia lo
que se dañó. Pero si tuviese suerte de encontrar un taller que haga ese trabajo
me cobrarían por el arreglo casi lo mismo que sale comprar una nueva por
internet y con el envío gratis, "free shipping" como dicen aquí,
incluido. Por eso realicé la compra con entrega prevista para mañana y ahora
sólo queda esperar que toquen a la puerta y recibirla.
Ruego porque llegue en tiempo y no haya tranque de tráfico en los
puentes MacArthur y Julia Tuttle que dan acceso a Miami Beach, o alguna
manifestación anti-Trump que los inmigrantes, o los hijos de éstos, justamente
realizan por estos días en contra del recién electo presidente que piensa
levantar un muro en la frontera con México usando a los propios mexicanos para
que paguen y alcen la muralla; esos mismos inmigrantes que cada día impulsan
hacia adelante este país, o que haya mal tiempo o algo que impida la llegada
prevista del camión de la UPS; cargado, transportado y descargado seguramente
por un inmigrante, al que ya en la puerta recibiré hablándole en inglés y le
invitaré, si tiene tiempo, a degustar de un cafecito cubano en la anhelada y
recién estrenada cafetera Mr. Coffee Espresso para cuatro tazas.